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Inicio ›La salvación del mal poeta
Cuando el mal poeta, el que hacía los versos tan llenos de ripios y los medía con sus dedos torpes, hubo expirado serenamente en los brazos de la esposa afligida, su alma inmortal, como la de los poetas más grandes, emprendió ligera su vuelo a las alturas azules, que había cantado en tan medianos versos.
Aunque era noche cuando dejó la tierra, el espectro del vate se elevaba en medio de una claridad deslumbradora. A su vista espiritual se manifestaban en toda su resplandeciente magnitud los astros que en la noche serena habían cautivado su vida mortal y excitado su torpe inspiración. Vio así, en una proximidad de luz irresistible, a Venus, azulada y casi blanca; a Marte, rojo; a Sirio, del múltiple color de los prismas. La contemplación de cada una de estas maravillosas luminarias suspendía el alma del mal poeta en un arrobo lleno de ternura. Al pasar frente a Marte, recordó las teorías de Flammarion, que él había desarrollado en un centenar de composiciones, eligiendo una de aquellas perfectas criaturas que habitan el más adelantado de los planetas, la simbólica Marciana, para musa de su simbólico poema. Y al pasar frente a Sirio, volviose para contemplar la tierra desde el punto de vista de Sirio. Pero a medida que el soplo divino de su alma iba alentando, cada vez más arriba, por entre las esferas inflamadas, guiada por la innata nostalgia del paraíso, la conciencia del mal poeta se iba llenando de congoja. Veía ahora en todo su esplendor la maravilla de la naturaleza; oía el ritmo misterioso de los mundos y se avergonzaba de haber intentado remedar con el soniquete de sus versos aquella prodigiosa armonía. Comprendía entonces qué malos versos había dejado sobre la tierra, y el mal poeta, que no había acertado a reproducir la belleza del mundo, sentía la vergüenza de los aprendices. Ahora —pensaba— si sigo elevándome así, llegaré a presencia de Dios, el más alto poeta, el autor de esta rima perfecta de los mundos. Y Dios, al tenerme delante, me rechazará lejos de su presencia por haberle cantado tan indignamente bajo el nombre profano de Apolo. Y seré lanzado al infierno, con las almas de los malos poetas y de los hombres malos. Y con este temor se detuvo en su vuelo, temblando como una mariposa, en el límite de los cielos, sobre las gigantescas lámparas de los planetas.
Pero en aquel momento, cuando vacilaba así a riesgo de precipitarse en el averno por su infantil desmayo, una blanca y alada figura se manifestó a sus ojos espirituales.
—Un ángel —pensó—; sin duda viene a prohibirme el paso de los cielos.
Y lleno de pavor se hundió más abajo. Pero la blanca forma inclinose sobre él, recogidas sus alas y velada la frente, para no deslumbrarle y mostrarle un semblante humano. Parecía así una criatura de la tierra, joven y virginal. Y con una voz dulce llamó al poeta: —¡Adolfo!
Reanimado por aquella voz tierna, el vate se atrevió a afrontar la mirada de la celestial criatura. Y reconociendo en ella, por su perfecta belleza, a la musa de su poema alegórico, saludola con una voz alegre: —¡Marciana!
Sentía un júbilo pueril al ver confirmadas sus intuiciones. Existía aquella Marciana que él había cantado en sus pobres versos, como última encarnación brillante de una mujer amada en otra vida y que por su pureza había llegado en la escala ascendente de la evolución espiritual a hacerse digna de habitar en Marte, morada de los seres más perfectos. Sí, existía Marciana, y sin duda, reconocida a su cantor, ahora venía a salvarle y a llevarle consigo al Paraíso. Henchido de esperanza, el poeta se arrobaba en un dichoso éxtasis. Pero el ángel sacole de su engaño con una sonrisa condescendiente:
—No, no soy Marciana, «la que habita en perfección el gran planeta», como tú has cantado; no soy Marciana, o más bien, lo soy, pero no como tú te la figuras. Soy tu ángel de la guarda, el que siempre veló sobre ti y cuya invisible compañía te inspiraba el amor místico que pusiste en tu Marciana, creación la más pura de tu fantasía de poeta. Al cantar a ella, era a mí a quien cantabas, y de la nostalgia de ver mi semblante, cuya belleza te imaginabas a tu modo, nació en ti ese anhelo de belleza ideal que te hizo consagrar tu inspiración a magnificar con tus humildes flores retóricas las bellezas del mundo. Yo soy, pues, tu ángel de la guarda, y vengo a recogerte, en este último límite de los mundos sensibles, para llevarte a la presencia de la luz increada.
—¿Y veré a Dios, veré al Sumo poeta? —preguntó el alma temblando nuevamente de un miedo místico.
—Claro que lo verás —repuso el ángel—, verás a tu Divino Padre, consuelo último y pleno de todas las criaturas que han aspirado al bien y a la belleza.
Mas al oír estas palabras, redobló el temor del espíritu.
—¿Cómo, ¡oh ángel!, podré afrontar la presencia del Sumo poeta, yo que tan malos versos hice en mi vida? Sobre la tierra he dejado un centenar de poesías que me avergüenzan. Y lo que más me conturba, es haber puesto en Marte todas las perfecciones que ahora comprendo no pueden estar sino en el Paraíso. Porque, ¿qué es mi pobre Marciana, la más sublime creación de mi fantasía, comparada contigo, oh ángel de la luz? Siento que no podré afrontar la presencia del Sumo Creador.
Pero, al oír estas palabras, el ángel sonriose dulcemente, y tomándole en sus brazos, díjole con una voz tierna:
—No temas llegar a la bondad suprema, alma buena e inocente. ¿Qué importa que hayas sido el alma de un mal poeta, si eres la de un hombre bueno? ¿Poesía y bondad no son una misma cosa? Tú practicaste la poesía perfecta bajo la forma de la bondad. Tu inocente manía de hacer versos te libró de caer en la impureza de los vicios nocivos. Mientras otros se daban a la embriaguez de las vides o a la del amor físico, tú, olvidado hasta de tu casta esposa, a la que podías acariciar sin pecado, te abstraías en las noches claras en la contemplación de Marte y pensabas en tu Marciana, que era yo, tu ángel custodio. Aunque tus versos fueran defectuosos, tenías, sin embargo, la intuición de la armonía sideral, y golpeando con tus dedos en la mesa de tu despacho, imitabas con ingenuidad sublime el rodar acompasado de los mundos.
—¿Pero me dejarán allá arriba hacer versos?
El ángel tuvo una sonrisa de condescendencia para esta última pregunta infantil. En ella estaba toda la ingenuidad del poeta, que no hubiera podido ser dichoso ni en el Paraíso, como no lo consintieran rimar. Y haciendo aún más dulce su voz, le dijo:
—Sí, cantarás; cantarás al lado de Homero y de Dante y de Milton, que en presencia del Sumo poeta, como tú le llamas, son vates no menos malos que tú. Cantarás, pero por un modo nuevo, sin tropos ni metáforas, que son todas imperfectas y falsas. Cantarás un largo verso, único y eterno, en el que no habrá ningún ripio. Porque el ripio, sábelo, es la prueba más grande de la relatividad de los hombres, que no pueden hacer nada sin dividirlo en porciones y aplicarle una medida: ¡El ripio es lo humano!
Dijo así el ángel, y cargando con la pobre alma del mal poeta, que fue un hombre bueno, elevose con ella a las alturas más eminentes del Paraíso.
Procedencia:
"La salvación del mal poeta" fue publicado por vez primera en El llanto irisado, Berlín: Casa Editorial Moerlins, 1924.
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